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Sexo felino con una escort

Ya había contratado los servicios de una escort con anterioridad, pero nunca antes me había sentido tan satisfecho y complacido como por la de esta vez.

Llevaba una semana muy estresado en el trabajo. Formo parte de un pequeño equipo que acaba de sacar adelante un gran proyecto y, por suerte, todo había salido bien, contra todo pronóstico. Sin embargo, me sentía muy cargado a causa de todo el esfuerzo realizado. Ese jueves, me apetecía tener una cena agradable y una noche de sexo con una chica ardiente.

Así que me puse en contacto con un local de prostitutas que me recomendaron unos amigos.

-¿Cómo son las chicas? –quise saber.

-Felinas, muy felinas –fue lo único que me quisieron decir.

Quedé con la chica escort a dos manzanas del restaurante. Quería comprobar si era lo suficientemente discreta y elegante para el sitio. Y, al verla llegar, no podía creerlo: era una rusa rubia, de ojos azules, con unas piernas larguísimas y un prominente pecho que ocultaba (pero sabía marcar) en un vestido que me pareció de seda. Se acercó a mí con paso elegante y porte digno.

Supe que era ella porque preguntó mi nombre y se presentó. Hablaba un castellano perfecto.

Le ofrecí el brazo y caminamos hasta el restaurante. Pasamos una velada muy agradable: la chica era amable y culta. Además, sabía llevar una conversación; no hubo silencios incómodos en ningún momento.

Después de cenar, nos dirigimos directamente al hotel. En el restaurante, no podía dejar de mirar el voluptuoso pecho de la escort, que permitía apreciar un buen escote cada vez que se inclinaba ligeramente cuando se acercaba el tenedor a la boca. Habría pagado un extra por esa vista de la escort.

En la cama, comprendí por qué mis amigos catalogaron a las prostitutas de este local como “felinas”: sus movimientos eran elegantes como nunca antes había visto en la cama. Me agarraba y acariciaba el miembro con unas manos suaves y delicadas, lentamente, sabiendo dónde tocar en cada instante. Lo lamió arriba y abajo, dibujando caminos de saliva que me tenían a punto de eyacular. Luego, se montó encima de mí e introdujo mi pene en su interior.

Mientras ella subía y bajaba, provocando placeres indescriptibles, sus firmes senos acariciaban mi cara. Me agarró la espalda y noté sus uñas en mi piel. Se acercó a mi oído para que escuchara sus gemidos bien cerca, me llevó las manos a sus pezones para que jugueteara con ellos…

Me miraba con unos ojos azules e intensos, con la boca entreabierta por la que salían sus gemidos y suspiros, cuando eyaculé.

Eso no fue todo lo que hicimos esa noche. Pero no voy a dejar a mi lector sin las sorpresas que deparan estas escorts tan impresionantes. Para saber más sobre los servicios que pueden ofrecer, pincha en este enlace. No te vas a arrepentir…